Un momento para vos en lo de Paula

¿Ya tuvieron las manos en arcilla? Hoy les voy a dar ganas de probar esta experiencia (por lo menos eso espero!).

Todas hemos visto la película La sombra del amor, entonces no voy a hablarlo de vuelta por acá, pro por lo que entendí mucha gente se anotó para clases de cerámica después de esta película. No tenía idea del potencial sexy de un torno cuando le pedí a mi mama a los 9-10 años que me anoté en una clase de cerámica los miércoles a la tarde…

 

Si, durante unos años practiqué esta actividad que dicen “de nonas” o para adultos, y me encantaba! De hecho, es lógico, para los niños la cerámica es como un taller gigante de pasta fimo, con algunas reglas más, y el placer de pintar lo que creaste después. Yo hacía cosas más o menos lindas, más o menos exitosas, que mis papas gentilmente expusieron en casa durante años (¡que sacrificio!) antes de hacerlas desaparecer de a poco sin que me dé cuenta (¡que talento!).

Y bueno, después dejé la cerámica para empezar danza clásica (sí, era una niña totalmente rebelde se dan cuenta, y obviamente bajo influencia de la cultura Street y hip-hop). (Quiero decir que hacía falta una identidad muy fuerte para practicar semejantes actividades en esta edad).

 

Y crecí. Envejece. Empecé a estudiar, luego a trabajar, y como todo el mundo a no usar más mis diez dedos sino con un teclado de computadora, de celular o para pelar verduras… ¡Que tristeza!

 

 

Hasta que me mude a Argentina. Me adapté acá, conocí a otras personas. Y un día, en la cocina e una amiga, veo un lindo bowl de cerámica y la cumplimento. Me contesta “Ah eso? Lo hice en clase de cerámica. No me salió muy bien, pero voy mejorando» … Me hizo acordar muchas cosas, momentos agradables de los miércoles a la tarde, momentos de libertad de la infancia, el ambiente del taller con esta profesora que quería mucho. Me hizo acordar que en una época sabía hacer cosas con mis manos y que me gustaba! Tomé unos datos y la idea se quedó en un lugarcito de mi cabeza durante varias semanas. Busqué en el Internet para encontrar clases de cerámica cerca de mi casa, pero los horarios nunca coincidían con mi trabajo. Hasta que unos diez días atrás salga un workshop. ¡No me podía perder esta oportunidad!

Este sábado, salí del trabajo y me encontré al medio de un grupo de chicas que no conocía pero que venían para lo mismo que yo: amasar arcilla, tomar unos mates charlando, y, sobre todo, olvidar por unas horas el día a día. Es increíble los beneficios que puede tener una actividad manual sobre la mente, el vínculo social que llegas a crear con gente desconocida mientras, las risas y sonrisas que se cruzan.

Rápidamente volví a encontrar mis marcas, la sensación de la arcilla en las manos, frio, firme y moldeable a la vez, la tierra que se seca bajo las uñas, como una máscara que termina estirándose. Las burbujas de aire que tienes que pinchar con un palito, la arcilla esmaltada tan suave y sus tonos de colores.

Tomar clases de cerámica acá es algo bastante común. No tengo la sensación de que sea tan común en Francia. Es bastante barato y es tan genial hacer sí-misma su vajilla o su deco, mientras disfrutas un buen momento. ¡Desconexión total!

El lugar también era tan lindo: el taller Cosas de Paula está en las afueras de Cañuelas, en la ruta, al fondo de un jardín verde. Un montón de objetos esperan que los manipulen, esmalten, o horneen en la entrada del taller.

Paula es llena de vida, acogedora, simple. Nada más normal cuando haces lo que te gusta hacer todo el día en un lugar propio! Disponible para contestar las preguntas, pasaba de una a otra durante todo el workshop, positiva y sonriente. El tiempo estaba fresco, los calefactores eléctricos apenas podían calentar el aire, y los rayos de sol de fin de tarde tampoco atravesaban mucho las ventanas viejas del taller de Paula. Pero en ningún momento nadie se quejó del frio. Sin duda el efecto del calor humano. Estábamos demasiado ocupadas a imaginar el futuro objeto que queríamos crear, evaluando su forma, retocando los bordes, aplanando un defecto en la arcilla, eligiendo un color y pintando con suavidad… No me di cuenta que habían pasado tres horas y solo me quedé con las ganas de volver para el próximo workshop en agosto!

 

 

Espero que estas palabras les harán tomar un momento, para conectarse con su cuerpo y para probar una clase de cerámica, esta actividad tan orgánica! Si solían hacer, dejaron o si tiene ganas de volver a hacer, cuéntenme su experiencia por acá!

¡Nos vemos pronto!